Entrevistas

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“Hacemos mejores libros de ciencia que en el extranjero”

(Clarín) La responsable de la colección “Querés saber”, de Eudeba, se propuso desarrollar una serie de divulgación científica para niños, con autores e ilustradores nacionales. Apunta a la curiosidad e imaginación infantiles.

Hace más de treinta años, la Editorial Eudeba se atrevió con el mundo infantil, de la mano de un libro inolvidable: La escuela de las hadas, de Conrado Nalé Roxlo. Una deslumbrante pero única contribución a los más jóvenes lectores de la casa editora de la Universidad de Buenos Aires, demasiado golpeada durante los años siguientes por gobiernos militares y una continua desprotección de la industria del libro nacional. Ahora, sin embargo, Eudeba volverá a estar en manos de los chicos con la colección de divulgación científica “¿Querés saber?” (¿Querés saber qué es el Cielo?, ¿Querés saber qué son las células?), dirigida por Paula Bombara, bioquímica y autora de cuentos infantiles. Y realizada junto al físico Alejandro Gangui y los dibujantes Viviana Bilotti y Pablo Bernasconi.

—¿Cómo nació “¿Querés saber?”?

—En 2003, Eudeba me había pedido que hiciera una lectura crítica de un material de divulgación científica para niños, desarrollado por una universidad norteamericana. Y yo tomé coraje y di mi opinión: dije que si pensaban traducirlo, realmente acá podía hacerse mucho mejor.

—¿Por qué estaba tan segura?

—¡Yo me recibí en la UBA! (Ríe) Pero es verdad: allí recibí una formación muy buena. Bueno, en ese momento, Leandro de Sagastizábal (quien era entonces gerente de EUDEBA) me contestó: “Si creés que se puede hacer mejor, escribí un proyecto!”. Y así empezó todo. Escribí el proyecto, llamé por teléfono a Pablo Bernasconi, el ilustrador, para contarle y pedirle que trabajáramos juntos.

—¿Por qué le resultaba tan importante arrancar desde el vamos con el ilustrador?

—Yo quería que el dibujo portara su propio contenido, que armara un discurso paralelo, capaz de generar preguntas, porque cuando sos chiquito las imágenes te producen un impacto enorme, que vas perdiendo mientras más te concentras en las palabras.

—También le dio un lugar destacado a la biografía de los autores

—Es verdad. Pusimos con detalle quiénes son y cómo es su vida cotidiana: si tienen hijos o no, si van al trabajo caminando, en bicicleta o en auto. Si tienen perro, con quién viven. Era una manera de mostrar que los científicos no viven siempre vestidos con un delantal y metidos en el laboratorio, hablando en difícil.

—¿Como imaginaba la colección? ¿Tenía algún modelo previo?

—En realidad, yo había trabajado con la gente de la colección “Iamíqué”, que tratan los temas científicos con humor. Así que se me ocurrió elegir otro eje: la vida de todos los días. O tomar palabras como ADN o clon, que los chicos escuchan en sus casas, en la tele, cada vez más seguido. Y darles una explicación sencilla pero rigurosa. Hicimos primero cuatro volúmenes sobre Biología celular, y los siguientes sobre Astronomía y Cosmogonía. Y me encantaría seguir con títulos sobre Arqueología y Paleontología.

—Y aprovechar la pasión de los pibes por los dinosaurios…

—Si, pero ahondarla. Porque a veces me parece que no sólo les interesa el tema de los dinosaurios sino que les encanta el trabajo del paleontólogo: qué son las excavaciones, los grandes descubrimientos. Y, sobre todo, ofrecerles las distintas miradas que existen sobre la ciencia.

—¿Cómo es eso?

—Yo quería que en los libros se viera que en ciencia existen distintas maneras de abordar un mismo tema. Por ejemplo, si uno estudia una proteína, podría encarar su estudio investigando la forma que tiene esa proteína. Pero también desde la manera que se relaciona con otros, desde la velocidad que tiene, desde cómo cambia. Esa misma diversidad de miradas es la que le pedimos a los ilustradores, porque sirve para estudiar seres humanos, paisajes, animales.

—Eso va más allá de la mera información, y los ayuda a reflexionar sobre cómo están mirando, desde dónde, ¿no?

—Exacto: nosotros queríamos llegar al niño para incentivarles la veta científica, la curiosidad, que es —justamente— lo que comparten todas las ciencias. Ese “¿querés saber?” que le da el título a la colección. Si la incentivás, es un motorcito que permanece permanentemente vivo cuando sos grande. Si los ayudamos a que se pregunten sobre sí mismos, les enseñamos a ejercitar la búsqueda de la verdad, a no tenerle miedo.

Leer entrevista en Clarín.