Entrevistas

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Nueve preguntas a Paula Bombara

(Eterna Cadencia)

La autora de Una casa de secretos, entre otros libros de literatura infantil, juvenil y de divulgación científica para niños, responde nuestro cuestionario a escritores.

Esta semana responde nuestro cuestionario a escritores versión 2015 Paula Bombara. Nació en la ciudad de Bahía Blanca, estudió Filosofía y se graduó como bioquímica en la Universidad de Buenos Aires. Además de ser autora de varias obras de literatura infantil y juvenil, escribe libros de divulgación científica para niños y dirige la genial colección “¿Querés saber?” de Eudeba. Entre otros títulos, son suyos El mar y la serpiente, Eleodoro, La cuarta pata, La rosa de los vientos y Una casa de secretos.

—¿Qué te llevarías de tu casa en caso de incendio? (Si querés a tu texto le podés agregar una foto)

—Ya me pasó. Tenía unos diez, once años y tuve que dejar mi casa porque la de al lado se estaba incendiando. No lo pensé mucho y agarré mi documento y mi pasacasettes. Siempre fui una niña muy sensata.
Hoy, 20 de enero de 2015, diría que agarraría la botella de Ruttini que nos regalaron para año nuevo y me la tomaría viendo cómo arde todo, aún los documentos, aún mi notebook, aún las bibliotecas, aún mi limonero. (Seguramente en otro momento del futuro la niña sensata que a veces me gobierna podría más y me llevaría la notebook y los documentos).

—¿Qué libro de otro autor produjo en vos el efecto que te gustaría producir en quienes te leen?

—En la infancia, Diario, de Anna Frank. En la adolescencia, Pedro Páramo, de Juan Rulfo. En la adultez, Todo cuanto amé, de Siri Hustvedt.

—¿Qué es lo mejor y lo peor que le puede pasar a una escritora?

—Lo mejor que le puede pasar a una escritora es poder perderse en sí misma para escribir sin límites. También, conocer a otras personas que desean leer y escribir tanto como una y poder conversar con ellas; escucharlas, sobre todo. Lo peor es que el tiempo no modifica su transcurrir cuando una está tomada por la escritura. Y pasan cosas que alteran la vida (las comidas se queman, la gente me habla y yo no los puedo seguir, los niños no son mandados a bañar ni a hacer sus tareas, amanece, esa clase de cosas) de un modo que nunca llego a comprender del todo. Ser arrancada de la escritura por la realidad cotidiana así, sin anestesias, es mi peor.

—La superstición es…

—…un modo de permitirse el ridículo frente a otros.
…un cúmulo de costumbres que permiten reemplazar los miedos hondos -y las alegrías hondas- por otras emociones mucho más manejables.
…un paraguas que cuelga abierto en el techo de mi baño.
…una palabra mágica cuando suena en la voz de Luis Alberto.

—¿Qué disco escucharías manejando sola por la ruta del desierto?

—In rainbows, de Radiohead.

—¿A qué persona real, nacida en cualquier momento de la historia, le desearías una vida eterna? ¿Se lo darías como castigo o como premio?

—¿Vida eterna? Me agota y agobia de solo pensarlo. Quizás a Mahatma Gandhi, que tendría todo el tiempo del mundo para imaginar y concretar cambios sociales y políticos lentos pero definitivos. Pero la vida eterna es un castigo para cualquiera, así que le preguntaría antes si quiere lidiar con eso.

—¿De qué personaje de ficción te gustaría ser amigo en Facebook?

—De Juan Preciado, para que me tenga al tanto de las novedades de Comala. De Scherezada, pero sólo si puede contar sin que Facebook la expurgue.

—¿Qué creés que hay después de la muerte?

—Después de la muerte, el cuerpo se descompone y pasa a otro estado de la materia. No creo en que tengamos un alma que se separa del cuerpo y migra, o cosas parecidas. Lidio con eso cada vez que mato una cucaracha, una babosa, una araña. También cada vez que muere alguien querido: todos somos parte del reino animal. Fuimos fruto de un azar biológico y nacimos como parte de un ciclo que se cierra con nuestra muerte, que también puede ser por causas azarosas. No tenemos control sobre los comienzos y, de intentar controlar el final, siempre será porque nos anticipamos.
Creo que la vida no sería deseo y búsqueda si no hubiera muerte. También creo que si después de la muerte nos mantenemos vivos en el recuerdo de quienes nos aman, nos leen, nos piensan, ganamos un modo de inmortalidad. La memoria es el gran paraíso de nuestros muertos queridos. (La memoria también puede ser un infierno).

—La mesa de luz a veces funciona como el segundo escritorio o la biblioteca RAM de un autor: ¿nos mandás una foto de la tuya?

—Auch, bueno, ¡pero lo que se ve no es desorden, eh! Todo está así dispuesto siguiendo una lógica: los libros de los estantes son los que me prestaron y tengo que devolver (algunos todavía los tengo que leer). Los de la mesa de luz en alta pila son los que meteré en la valija cuando me vaya de vacaciones (siempre llevo el doble o más de lo que llego a leer, pero llevar pocos libros de vacaciones me resulta visceralmente imposible). Los que están debajo de la tablet son los que estoy leyendo ahora.

Leer entrevista en Eterna Cadencia.