Ponencias

Esto es lo que leí en Bogotá, en el CILELIJ 2013.

La siembra de una búsqueda. Luego, la cosecha.
1. Preparativos
Hay un silencio luego de ver publicado el libro que ocupó el pasado aún emocionalmente presente. Un silencio de personajes de espaldas. El tiempo de aceptar que se están yendo, que ya no despertarán conmigo. Ese tiempo de silencio es doloroso. Parece que no acabará pero un día ya no duele, ya es silencio y sólo eso. Silencio y hambre de leer.
Nunca sé cuándo llegará el momento de escribir una nueva historia. He aprendido a esperar, soy toda una experta en esperas. En el mientras tanto escribo otra clase de textos y, sobre todo, me entrego a saciar mi hambre. Me hace bien leer siguiendo el deseo, como un sabueso que sigue un rastro; leer dejando que el asunto del libro se instale y la realidad se borronee mientras leo; me hace bien que lo que leo cobre vida y coexista con los avatares cotidianos de mis días.
La poeta argentina Claudia Masin dice, en un libro aún inédito llamado Siesta, que
Las verdaderas historias están escritas con esa misma fuerza loca y desmedida de la infancia: para resistir, y antes de ser escritas han pasado por los huesos y por las venas y por cada fibra del organismo de un ser vivo1
¿Pero cómo hacer para hallar esas historias? ¿Cómo, para encontrarlas en los libros? ¿Cómo, para escribirlas?
No tengo certezas, sólo un cúmulo de experiencias que me indican que esas historias verdaderas a las que se refiere Masin se encuentran plenamente en momentos de la vida que luego se recuerdan como mágicos. Mágicos porque ¿cómo es posible que esa aparentemente inocua sucesión de letras de longitud y espacialidad variable, fuera lo que nos dejó sin habla, nos dejó arrasados, nos abandonó al terminar y aún extrañamos?
2. Encontrarse en un sin-tiempo
En muchos casos, disfrutar de la lectura es una característica que los chicos y las chicas prefieren mantener en la intimidad. Según la familia y los compañeros de escuela que nos hayan tocado en suerte ser lectores será causa de admiración, de desprecio o de desdén. Cualquier comentario adulto al respecto abochorna. Por eso, creo que transformarse en lector, en lectora, es conquistar un territorio interior y exterior. Es tomar una decisión privada y sostenerla en nuestro entorno familiar y social. Es renunciar por un tiempo determinado a las propuestas sonorizadas, coloridas y luminosas que ofrece el aquí y ahora. Es un “irse”, un “arrojarse”.
Para cualquiera, a toda edad, el poder sustraerse a disfrutar de la lectura resulta difícil. La realidad demanda y cela, nos quiere pendientes de ella. Porque leer implica mucho más que leer, implica entregarse al poder de las palabras. Implica un cambio sutil en nuestro modo de ver el mundo. A mi parecer, leer literatura nos va haciendo cada vez más conscientes de que cada instante puede percibirse de muchas maneras, que cada mirada es única, que escuchar al otro es importante.
3. Volver a sentir lo urgente
Nunca sé cuándo llegará el momento de escribir, decía. Aparece de pronto en imperativo. Es como el hambre en los niños. Se transforma en la sensación fisiológica dominante. Provoca llanto hondo negarla. Se impone. Me duele el cuerpo si dejo de lado esos pensamientos. Hay que salir -o entrar- a buscar. Ya. Respirar hondo y bucear. Ir hacia el punctum que definió Barthes y redefinió Andruetto. Encontrar la mirada. Entrar en la selva virgen. Sumergirse entre las olas. Atravesar los vientos. Escalar las dunas calientes. Recorrer los bosques. Alojar los soles, el vacío, las noches, lo desconocido. No he logrado, hasta la fecha, escribir ficción de un modo más controlado.
Sé que partiré y sé que volveré a mí luego de cada viaje. Acepto lo urgente y comienzo a escribir en mi mente, me lleva meses pasar al papel. No sé cuánto tardaré. No sé lo que sentiré. No sé hacia dónde me llevará la historia. A veces sé el final, otras el principio. Veo escenas sueltas. No sé si el texto que genere derivará en una forma publicable pero sé que cada vez regresaré siendo otra.
He sentido la inquietud de perderme en mis propios pensamientos porque la realidad se percibe como espejismo en ese estado, pierde su lógica de funcionamiento de las cosas, pierde nitidez lo rotundo de la física. Gana sustancia lo que vivo dentro de mí. Las emociones pasan a ser las de los personajes.
Leer Escribir de Marguerite Duras me ayudó a entender. Ella dice mucho en ese libro. Dice, por ejemplo, que “hay una locura de escribir que existe en sí misma, una locura de escribir furiosa, pero no se está loco debido a esa locura de escribir. Al contrario.”2
En este estado no tengo espacio para pensar que habrá lectores, no identifico las fuentes de origen de los personajes, las escenas, los escenarios. No puedo. Sólo estoy yo persiguiendo algo que voy vislumbrando a medida que avanzo. Persigo pero, al mismo tiempo, soy acechada. El estado es de alerta. Ya sea la adrenalina del cazador; ya, la de la víctima. Todo lo demás, no se ve claro.
De cualquier modo, para el afuera logro parecer una mujer medianamente normal, amable, que lleva a los hijos a la escuela, mantiene cierto orden hogareño y lava los platos cada noche. Me esfuerzo por complacer a la realidad. Cuando regreso, estoy vacía. Blanca. Agotada. Lo único que puedo escribir en los meses posteriores es divulgación científica. Hacer eso me sirve para acoplarme a lo real. La gravedad existe. Las nubes son formas húmedas del vapor de agua. Soy un animal mamífero de la especie Homo sapiens. La genética no lo es todo.
4. Eso que escribí y aún late
Nunca me habían gustado los cuentos. No podía soportar todo ese rollo de magos y hadas y “érase una vez” y “vivieron felices y comieron perdices”. La vida no es así. Yo quería sangre, tripas y aventuras, así que eso es lo que escribí.3
dice el niño salvaje de David Almond. Eso es lo que escribí. ¿Y luego qué?
Me tomo un tiempo para mirarlo, intervengo ya desde la lógica del mundo real, corrijo, sopeso, pruebo, decido. Ya estoy en piso seguro, ya no hay tanto riesgo. Disfruto muchísimo. ¿Luego?, ¿lo guardo?, ¿lo muestro a mis afectos para que sepan por dónde anduve?, ¿acepto que sea puesto en valoración por otros?
De niña tuve la oportunidad de contener entre las manos el aleteo de una mariposa. Una que no tenía ni las alas rasgadas ni le faltaba una patita. Una de lo más fuerte y saludable que se agitaba para salir del encierro oscuro en el que se encontraba. Siento eso dentro de mí cuando tengo que tomar esa decisión. ¿Dejo que la historia vuele? Es poco probable que vuelva a tenerla entre las manos latiendo tan fuerte.
5. Los lectores, esas criaturas adorables
En Retratos de Carolina, la gran Lygia Bojunga me refleja:
-¡Qué manía tienen todos ustedes de creer que los escritores necesitan saber hasta el más mínimo detalle! ¿Desde cuando alguien sabe hasta el más mínimo detalle de los demás?4
A mí no me gusta saberlo todo de los demás. Me gusta el silencio de lo íntimo, también en la literatura. Muchos lectores jóvenes me han cuestionado que defienda esos espacios privados de los personajes pero, personalmente, encontrarlos cuando leo textos de otros me encanta. Y ese placer privado es el que, seguramente, hace que si mis personajes me cierran la puerta de su habitación con llave, apoye la espalda en la puerta y espere a que me abran.
Ante la pregunta les digo a los lectores que me gusta así, me gusta que queden espacios en blanco, emociones a completar. También les digo que en ellos está el poner de sí y llenar los espacios con sus sensaciones, sus escenarios. Si yo poseo o no la información que les falta ya no les debe importar. En lo que no está pueden obrar libremente. Porque el libro ya voló de mí, ya se posó en ellos, ya lo miro de lejos, rememorando cómo disfruté la siembra, sonriendo ante lo inesperadamente rico de la cosecha.
1Claudia Masin, La siesta, Inédito
2Marguerite Duras, Escribir, Buenos Aires, Tusquets editores, 2010, p. 55
3David Almond, El niño salvaje, Bilbao, Astiberri ediciones, 2008, p. 12
4Lygia Bojunga, Retratos de Carolina, Bogotá, Grupo Editorial Norma, 2005, p. 197