Ponencias

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Lo que escribí para la jornada “Nosotras leemos el mundo. Géneros, diversidades, lecturas y bibliotecas”, organizada por la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares (Conabip) el 24 de marzo de 2021

Voy a empezar contándoles que a mucha, muchísima distancia de nuestro país, de nuestro planeta, existe un cinturón de asteroides. Este cúmulo de cuerpos celestes más pequeños que los planetas, gira alrededor del sol entre las órbitas de Marte y Júpiter.

En 1975, en la vida de la estudiante de astronomía bahiense Ana Teresa Diego sucedieron muchísimas cosas. Entre ellas, una terrible y cercana: falleció su padre, Antonio, profesor de matemáticas de la Universidad Nacional del Sur. Y otra, más lejana, emocionante: el astrónomo argentino radicado en Córdoba, Mario Cesco, descubrió varios asteroides del cinturón que mencionaba al comienzo. Imagino que a Ana, activa estudiante de la Universidad Nacional de La Plata, esta noticia la debe haber alegrado: desde la Argentina se estaba haciendo un aporte importante a la historia de la astronomía global.

Pocos meses después del último descubrimiento del Dr. Cesco, el 30 de septiembre de 1976, Ana Teresa Diego fue secuestrada al salir de la facultad y su madre, la gran Zaida Franz, una de las pocas mujeres de Bahía Blanca que no dudó en colocarse el pañuelo blanco, comenzó a buscarla.

En 2011, en mi vida sucedieron muchísimas cosas. Entre ellas, una feliz y cercana: el equipo de antropología forense encontró los restos de mi padre, desaparecido en Bahía Blanca, la ciudad donde nací, en diciembre de 1975. Y otra, más lejana: el decano de la UNLP en aquel año, Adrián Brunini, en el día de los DDHH comunicó que uno de los asteroides descubiertos por Mario Cesco tomaría el nombre de Ana Teresa Diego. Me emocionó muchísimo que la Universidad donde ella dio sus últimos pasos en libertad la reconociera de ese modo, situándola tan alto en el cielo.

Ana Teresa hoy tendría la edad de mi madre, 67 años. ¿Quién sabe qué logros hubiera sumado a la historia de la astronomía argentina? ¿Quién sabe en dónde estaría posicionada nuestra sociedad si, desde 1966 en adelante, en lugar de expulsar, desaparecer, negar a nuestra comunidad científica (social, natural y exacta) se la hubiera valorado, incentivado, escuchado como se está haciendo ahora debido a la aparición de este virus que nos recuerda que somos parte de la naturaleza animal, que no estamos por encima de las demás especies, por más inteligentes que seamos.

Dedico este encuentro a Ana Teresa Diego y a su madre, Zaida Franz.

En 1975, tal como le pasó a Ana Diego, mi mundo también se derrumbó. Desaparecieron a mi padre, con mi madre tuvimos que irnos de nuestra casa. Nuestra huida nos trajo a esta ciudad, en donde nos secuestraron a ambas, me separaron de mi mamá, terminaron de arrancarme de la infancia antes de conocer la palabra “infancia”. Pero, en ese devenir horroroso, el aire estuvo alivianado por la curiosidad y la imaginación, y logré armarme un refugio. La lectura y la música fueron indispensables. En este sentido, fui una privilegiada: provengo de una familia muy lectora, de bibliotecas abiertas y de valoración de la cultura. Mi equipaje siempre estuvo compuesto por poca ropa y muchos libros, mucha música. A los 6 años había momentos en que necesitaba escuchar a Piazzolla y siempre había una mano que ponía el long play sin poner caras raras. Pude pasar horas leyendo, cantando y jugando a solas sin que nadie me sacara de esos mundos que construía y habitaba. A las preguntas que no tenían respuestas, durante la desaparición de mi madre, mi abuela las distraía con historias de princesas chinas que tomaban té en saquitos. Cantábamos a María Elena Walsh, leíamos revistas de historietas, con mi abuelo salíamos a la calle de noche y mirábamos las estrellas. Cuando a mamá la soltaron y volvió a buscarme le siguieron años de muchas salidas a librerías de la calle Corrientes, de visitas a bibliotecas, de compra y venta de libros usados para sacarle la lengua a la escasez de dinero y seguir leyendo, sin que importara tanto la posesión de los libros. La curiosidad se multiplicaba en lugar de atenuarse. Me gusta pensar que mi optimismo natural se debe a que las personas adultas que me rodeaban supieron ver que era ese refugio lo que necesitaba para rearmarme y crecer. En ese sentido, fui y soy una privilegiada. En medio de naufragios y pérdidas, siempre conté con el abrazo amoroso de mi familia. Siempre me sentí amada por las personas que más quería, que más quiero.

Dice la convención de los derechos de los niños, las niñas y les adolescentes en su artículo sexto que todo niño tiene derecho intrínseco a la vida. Detengámonos en la palabra “vida”. Pensémosla. ¿Qué creen ustedes que significa? Seguramente es más que un corazón que late, que un par de pulmones que respiran, que un cerebro activo.

Eladia Blázquez me susurra cada mañana con la voz de Mercedes Sosa que hay que “honrar la vida”. ¿No es parte de eso alojar las infancias, hacer todo lo posible para que duren lo que tienen que durar?

La bióloga Beatriz Golstein, en el libro Exactas Exiliada, de editorial Eudeba, cuenta que en 1976, luego de que la echaran de su trabajo en Ciudad Universitaria, se le ocurrió armar un Taller de Ciencias. Lo llamó Eureka. Ella dice: “La ciencia era considerada terrorista, por eso no podíamos entrar con esta temática a las escuelas públicas”. A lo largo de toda la dictadura mantuvo abiertas las puertas de ese taller. Laura Devetach ha hablado largamente de cómo tuvo que refugiarse por haber escrito y publicado los cuentos extraordinarios de La torre de cubos, desbordantes de imaginación y censurados justamente por eso.

En el artículo 13 de la convención dice “El niño tendrá derecho a la libertad de expresión; ese derecho incluirá la libertad de buscar, recibir y difundir información e ideas de todo tipo, sin consideración de fronteras, ya sea oralmente, por escrito o impresas, en forma artística o por cualquier otro medio elegido por el niño”.

La voz poética acallada, la curiosidad científica silenciada, los derechos de las niñas y los niños, vulnerados día tras día. Durante la dictadura, pero también en muchas ocasiones durante la democracia.

La comunidad educativa de la cual forman parte todas las bibliotecas tienen, a mi entender, la gran oportunidad de mostrar cuánto mejor se crece cuando los derechos de las niñas y los niños son respetados. Desde su lugar popular, pueden educar en el respeto de los DDHH con el ejemplo. Sembrando memoria, preguntas y ternura. Sin subestimar, sin temer a lo que no conocen. Alojar interrogantes difíciles, mediar para que se hagan posibles algunas respuestas, recuperar las historias de los barrios, para que la población adulta revise el lado amargo de las infancias, lo mire de frente, haga algo al respecto para que no siga así.

Desde que comenzó la pandemia perdemos a una mujer por el hecho de ser mujer cada día. Muchas de ellas eran niñas y adolescentes. Muchas de ellas eran madres. A quienes ya no están no podemos recuperarlas, pero podemos honrar su memoria abrazando a sus hijas, a sus hijos. También, desde que la historia existe, los abusos sexuales intrafamiliares han sido silenciados, categorizados de vergonzantes. Para que no sea un estigma haber sufrido un abuso en la infancia, haber perdido a la madre en manos de un femicida, para que no sea silenciada la búsqueda de justicia, hacen falta comunidades de adultas y adultos dispuestos a abandonar el adultocentrismo y a abrazar verdaderamente la defensa de las infancias.

Es una realidad innegable que las mujeres crecemos haciendo frente a muchos tabúes. Ya sea por ser parte de una familia desmembrada por la violencia del Terrorismo de Estado, por la violencia de los femicidas, por la violencia de los abusadores, por la violencia psicológica naturalizada en ámbitos escolares, laborales, sociales, desde pequeñas nos vemos en la necesidad de poner palabra y poner cuerpo a esto que nos pasa. Tenemos que estar presentes para que nuestras niñas y adolescentes puedan desprenderse del miedo y contar a viva voz lo que sienten. Tenemos que estar para habilitar la palabra.

Como escritora, pero también como madre, tía, madrina, amiga, siento que forma parte de mis responsabilidades prestar tiempo, oídos, palabra poética y conocimiento científico para que las infancias sean visibilizadas y protegidas como tales. Seguir estudiando, seguir observando, seguir aguzando los sentidos para encontrar por dónde es posible dar entrada a la ternura y salida a la indiferencia. Sé que esto es fundamental porque fui víctima de la violencia de múltiples modos; y si pude y puedo crecer encontrando felicidad y acomodando los huecos y el dolor es porque fui y soy muy afortunada en el amor.

Muchas gracias