Entrevistas

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“Hace tiempo que el hombre es un ser ciento por ciento cultural”

Paula Bombara y Lo que guarda un caracol, su nueva novela

(Página/12) La ficción de la escritora y bioquímica utiliza un laboratorio de ciencias biológicas para desplegar reflexiones sobre la condición humana. El caracol marino aparece aquí “como metáfora de nuestro afuera vistoso y resistente y nuestro adentro, pocas veces reconocido”.

Un laboratorio de ciencias biológicas, una investigación sobre caracoles marinos, y en particular sobre una especie de caracoles que habita la Antártida argentina, dan pie a Paula Bombara para crear una historia conmovedora, con la que es posible establecer una cercanía afectiva inmediata, mientras se aprende sobre temas muy específicos y alejados del saber de la mayoría. Ese mundo de la investigación científica, que parece tan lejano para muchos, se va volviendo aprehensible y fascinante, complejo como todos los mundos, a medida que Bombara va delineando los personajes que habitan Lo que guarda un caracol, su nueva novela publicada por Loqueleo.

Todo sucede en el laboratorio diecinueve, y en el equipo de investigación que dirige el doctor Fernando Plazas en Ciudad Universitaria. Allí gana su derecho a ingreso Lucrecia, estudiante avanzada de Biología. Y también Mirko, un chico con un tipo de trastorno del espectro del autismo que le plantea dificultades y facilidades ante diferentes situaciones. La metáfora del caracol y lo que guarda, lo que hace llevar a cuestas, lo que impone como refugio y como barrera con el mundo, le sirve a Bombara para desplegar una cantidad de reflexiones implícitas sobre la condición humana. El modo en que los seres humanos se relacionan unos con otros, lo que traen de “biológico” y de construcciones sociales (la tolerancia y el respeto, se plantea la contratapa del libro), lo que tienen en común, lo diferentes que son todos y lo que hacen frente al “más” diferente (el rechazo que parece atávico, lo que es sentido como amenaza, lo que cada uno pone en juego de sí mismo), aparece tematizado con belleza en esta historia.

Del mismo modo es retratado el mundo de la investigación, el modo en que avanza el conocimiento y lo emocionante que puede ser el hallazgo más pequeño. No hay aquí héroes ni villanos: cada personajes despliega con voz propia una historia potente y pequeña, que queda, de algún modo, abierta. Bombara escribe con un ritmo hecho de síntesis, que por momentos cae como latigazos, en un estilo que es cada vez más una marca personal. Y aunque está dentro de una colección juvenil, claramente pasa por encima, ya desde su portada, de esa casilla.

“Mientras escribía mi novela anterior, La chica pájaro, me pregunté cómo era mirada una persona que regresa a su grupo de pertenencia social (el grupo del colegio, la oficina, el trabajo) luego de una experiencia que la coloca y la expone en un lugar de diferencia. ¿Qué contienen esas miradas que la reciben? ¿Empatía, antipatía? ¿Se sostienen las miradas desde lo diferente que hemos vivido o desde lo que nos permite una identificación con lo que ha vivido el otro?”, cuenta Bombara sobre el origen de esta historia. “Todos prestamos atención a esas miradas de recibimiento, de aceptación o de rechazo. Y por eso desarrollamos estrategias de protección (un objeto que tocamos en el bolsillo, una frase que nos repetimos como mantra, un movimiento, etc) y también de cortesía, que hacen más amable ese tránsito (una sonrisa, un chiste, un comentario que “rompe el hielo”). Incluso podemos elegir ser agresivos, rechazar de plano a todos antes que ser rechazados. Pero, ¿y si no contáramos con la habilidad de pensar una estrategia? ¿cómo serían las miradas? ¿alguien se detendría a pensar en qué tenemos para aportar a un grupo si somos socialmente incapaces de empatizar, si hacemos comentarios incómodos por lo sinceros, si respondemos sin medir el impacto de nuestras respuestas?”.

– Son situaciones cotidianas, pero suelen pasar inadvertidas…

–Claro, es cuestión de verlas, no más. Todos llevamos a cuestas nuestras rarezas, nuestras particularidades. Me interesaba indagar esas miradas y las conductas que siguen a esas miradas. ¿Es posible modificar nuestro comportamiento una vez que se ha tomado una postura respecto a un otro bien diferente? ¿es posible escuchar, comprender, un modo de estar en sociedad bien diferente al que elegimos -o eligieron- para nosotros? Me interesaba dejar la inquietud de cuánto de nuestra interioridad ponemos en juego en situaciones de exposición social: ¿existe genuinamente eso que la sociedad llama “normal”? ¿o es que todos procedemos del modo que la sociedad propone desde sus voces “autorizadas” para no quedar expuestos como diferentes?

–¿Cómo fueron “bajando” todas estas reflexiones en la novela?

–Me decidí a observar el mundo deteniéndome en lo que a mí me interesa, caminando a mi ritmo, dando lugar a mis propias rarezas. Seguro todos conocen esa sensación mil veces vivida de sentirse “sapo de otro pozo”, también seguro comprenden de lo que hablo si digo “se metió en su caparazón”, etc. Esas expresiones comunes me llevaron al mundo de la biología y apareció el caracol como metáfora de nuestro afuera vistoso y resistente y nuestro adentro, pocas veces reconocido, pocas veces acariciado.

–¿Y qué de su propia experiencia como bioquímica puso en juego?

–Muy poco en lo específico del funcionamiento de un laboratorio de moluscos, para eso conté con el asesoramiento minucioso y entusiasta de la doctora Juliana Giménez, investigadora de UBA-CONICET en el Instituto de Biodiversidad y Biología Experimental y Aplicada que está en Ciudad Universitaria. Ella dirige un grupo de investigación centrado en moluscos y es coautora de un capítulo sobre gasterópodos que está en un libro muy interesante sobre invertebrados marinos. El coordinador de ese libro me puso en contacto con ella y fue genial.

–Pero el trabajo científico en general sí le era cercano…

–Claro, mi experiencia como bioquímica me ayudó a visualizar a mis personajes en el laboratorio como quien piensa los movimientos de un pez en el agua, a que ciertos gestos se sientan parte de la rutina del día, a que ser científicos fuera un rasgo más de su identidad. En mi trabajo como directora de ¿Querés saber? (una colección de divulgación científica de Eudeba)” y mis actividades como comunicadora científica estoy en contacto fluido y permanente con la comunidad científica de Argentina y también de otros países. Además, vivo hace 18 años con un investigador de Conicet que hoy en día dirige becarios y líneas de investigación; varios de mis amigos y amigas más cercanas también trabajan en institutos de UBA-Conicet haciendo investigación. Conozco en profundidad las problemáticas de sus investigaciones, me han contado historias de sus día a día, los acompaño en sus reclamos. El quehacer de los científicos forma parte de mi vida cotidiana.

–¿Qué quiso mostrar sobre ese mundo de las ciencias duras, la investigación y el conocimiento científico?

–Una vez que decidí que el caracol marino sería mi metáfora, decidí llevarla al extremo y elegir como escenario un laboratorio de investigación que estudiara caracoles marinos. Al entrevistar a la Dra. Giménez me gustó que el eje estuviera ligeramente desplazado hacia otros moluscos y apareciera la idea de que un hallazgo puede surgir de un material inicialmente poco interesante, como los caracoles que van siendo descartados en otros estudios. Cuando escribí junto al Dr. Alberto Kornbhlitt el libro Genética: historia de la ciencia que cambió la Historia”, hablamos sobre el rol del error en la historia de las ciencias. Y también sobre mantener la predisposición curiosa al mirar nuestro material de trabajo. Yo tengo ambas cuestiones muy presentes a la hora de escribir. Permanentemente estoy llevando al placer de escribir ideas que vienen de reflexiones científicas y que aparecen también en el mundo de la teoría poética.

–Precisamente, este es un libro que habla de la ciencia con poesía. Queda claro que para usted están muy relacionadas…

–Mi sensación es que el mirar científicamente la vida es un modo de estar en el mundo que tiene su germen en la curiosidad, del mismo modo que el mirar poético, pero diferente. En este libro quería mostrar eso y, también, que quien trabaja en ciencias es, antes que otra cosa, un ser humano sensible y multifacético. Nuestra comunidad científica estudia diferentes y valiosísimos campos de investigación en ciencias sociales, exactas y naturales. Quería visibilizar el compromiso y la entrega con que realizan sus tareas. En su mayoría son personas muy apasionadas y responsables, valoradas en muchas partes del mundo por su creatividad y su capacidad de trabajo. La ciencia debe desarrollar un discurso único y unívoco, pero los científicos son tan polisémicos como cualquier ser humano. Ojalá en los encuentros con lectores Lo que guarda un caracol abra el diálogo y el interés de los lectores hacia lo que hacen nuestros científicos.

–Nunca termina de decir explícitamente qué tiene Mirko. Pero da muchas pistas, con datos muy exactos. ¿Cómo trabajó este personaje?

–Estudié con mucho placer para llegar a la definición de Mirko. Leí ficción y no ficción, miré documentales, me nutrí de obras de arte producidas por personas con un mirar diferente, conversé con especialistas. Trabajé como suelo trabajar. Entendí de qué hablan quienes intentan clasificar en síndromes y patologías ciertos modos de actuar y me incliné por pensar a quienes son diagnósticados con un TEA (transtorno del espectro autista) como personas con una estructura cerebral diferente a la mía, ni menos ni más valiosa: su valor está en lo diferente que perciben el mundo.

–Es un personaje que genera mucha empatía…

–Es que no lo siento más lejano que a alguien que viene de otra infancia y tiene otras costumbres, es decir, son lejanos de mí como cualquier otra persona. Estoy separada de cualquier otro por una membrana invisible pero existente. Hay en mí, hay en todos, una zona donde el lenguaje no llega, donde los otros quedan lejos por más amor e intimidad que sintamos por ellos. Aprendí que el ser con otros es una construcción social. Hay quienes dicen que la conducta tribal es una imitación que nuestros antepasados hicieron de otras especies, que en un inicio el homo sapiens era solitario. Yo no tengo respuestas a eso pero comprendí que desde que nacemos vamos aprendiendo a ser con otros, que hace tiempo ya que el hombre es un ser cien por ciento cultural. Al aceptar esa realidad de soledad y de pertenencia cultural, Mirko apareció en mí con toda su complejidad.

–En la contratapa hay un texto que es suyo pero no de la novela, que habla de la tolerancia y el respeto como construcciones sociales. ¿De dónde es?

–Es parte de un párrafo extraído de una conversación por mail que tuve con mi editora, María Fernanda Maquieira, durante la edición del libro. Me sorprendió que lo eligiera para la contratapa y le pregunté sobre eso. Me dijo que compartía ese pensamiento y que le interesaba mucho plantear mi reflexión como entrada a la lectura de una ficción. Fue su decisión. Eso sucede en los buenos procesos de edición: se conversa de otras cosas que nos interesan y que la lectura compartida despierta. El libro termina siendo mucho más que el texto que contiene. Trabajamos, con María Fernanda y con Lucía Aguirre, en pos de lograr que el libro fuera un objeto tan valioso para nosotras como lo son los caracoles para Mirko. Le debo la belleza de la portada a una artista que admiro mucho: Raquel Cané. Su búsqueda de la imagen fue bien particular e interesante, me encantó ser parte de eso también.

–La protagonista es una chica joven, con un novio que planea casamiento, que dice: yo no quiero tener hijos. Es una decisión que hace al personaje, destacable sobre todo pensando en jóvenes lectores. ¿Cómo lo trabajó?

–Lo trabajé con naturalidad. Lucrecia es así y, quizás con mayor decisión luego de conocer a Mirko, está convencida de animarse a ser ella y hacer que su vida se parezca lo más posible a sus deseos. Para mí la maternidad tiene que ser un deseo genuino de cada mujer, no un deseo fabricado a partir del mercado de consumo, a partir de determinada educación o aceptado como acto de amor porque lo desea un hombre del que nos enamoramos, menos como acto de sacrificio o aceptación de una violencia social naturalizada. Ser madre pone en juego una dimensión demasiado íntima de la propia vida como para que alguien decida por nosotras. Ser una mujer íntegra, para mí, es decidir también sobre este aspecto con completa sinceridad, frente a frente con una misma, de modo que podamos informar al mundo nuestra decisión, no consultarla. Y luego, actuar en consecuencia, sosteniendo nuestro deseo, sea cual sea.

Lee la entrevista en Página/12.