Libro

La desobediente

Cuando estaba escribiendo La fuerza escondida no podía apartar de mis pensamientos que, mientras en nuestro continente las jóvenes peleaban por la independencia del Virreinato del Río de la Plata, del otro lado del océano las mujeres estaban movilizadas reclamando por sus derechos: la primera vindicación de derechos para las mujeres y ciudadanas se dio a conocer en 1792. Su autora fue Mary Wollstonecraft, madre de Mary Wollstonecraft Godwin, más conocida por su apellido de casada, Shelley.
La historia de Mary Shelley y de su primer libro, Frankenstein, me conmueve desde que la conocí, en formato historieta, cuando era chica. Esa confusión general que existe entre el científico y su obra, entre el padre y su criatura, convocó mi atención desde la primera lectura, quizá porque la pregunta sobre si “debía” seguir el camino de mis padres fue una de las que me desveló en la adolescencia. Lo que interpreté en aquel entonces y sostengo hasta hoy es que la criatura hecha de restos es ella, Mary; y que el científico Viktor Frankenstein, es su padre, el editor y autor William Godwin, a quien ella dedica la novela. Tan convencida estoy que me cuesta leerla abierta a otras interpretaciones.
Cuando investigué la vida de Juana Azurduy, de cuya infancia real hay tan pocos datos, y compuse a Killari, mi niña guerrera, apareció en el horizonte el proyecto de escribir una ficción en relación a un clásico. Confieso que mi clásico favorito es Drácula (amo ese libro) pero lo cierto es que Frankenstein ya estaba en mi cabeza pues es uno de los libros que estoy analizando en el marco de mi doctorado. Además, había leído una novela espectacular de Esther Cross llamada La mujer que escribió Frankenstein y esa lectura me había devuelto a mis preguntas de la juventud. Así que decidí que 2019 sería el año en que me dedicaría a crear mi propia criatura: una joven guerrera como Killari, pero que lucha otra batalla: la de la independencia de pensamiento.
Como si fuera Viktor, mis personajes surgen de unir voces múltiples que dialogan sin cesar. Tanto en la ficción como en la no ficción, Viktor y su obra, Mary y sus metáforas, me llenaron y sobrepasaron. Florence y su familia nacieron de noches revueltas como mares, de inquietudes como amaneceres tormentosos, de la ternura y del amor que desencadenan las pasiones cuando una las sigue sin desconfiar de ellas. Y luego, de las batallas internas por no imponer nada a mis personajes. No juzgar, no autocensurar, dejar fluir, que por las manos salga aquello que la racionalidad detiene. Escribir sin hacer caso. Desobedecer.
¿Cuáles son los imperativos que nos gobiernan? ¿A quién se desobedece, realmente? ¿Hay un solo modo de desoír esos mandamientos? ¿Cómo se continúa luego del castigo que suele sobrevenir a la desobediencia? ¿Dónde construímos el nido de nuestras lealtades y amores?
“No hay una sola respuesta, pero tampoco hay infinitas”, diría el sociólogo y analista del discurso, Eliseo Verón.
Lo que me importa es no perder de vista las preguntas, pues son ellas las que arman los vientos que me impulsan a seguir navegando la vida, a sostener la mirada sorprendida ante la maravillosa experiencia de ser.

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